En ocasiones veo pasteles…

Debería escribir apetito porque es más formal, pero creo que lo que padecemos la mayoría de mis amigas y yo es lo que vulgarmente se denomina “hambre“, incluso dependiendo del momento podría llegar a calificarlo como la simple y llana “ansiedad” de toda la vida. Hace un ratito me he tomado una ensaimada y una taza de chocolate, sin remordimientos, con la absoluta conciencia de disfrutarla porque me da la gana. Después, me he quedado dormida, supongo que por la plenitud que proporciona el azúcar o simplemente por la sensación de serenidad y rendición que la batalla perdida ha supuesto.

 

Me doy cuenta que desde hace tiempo tengo muchísimo apetito y lógicamente, cuanto más me esfuerzo por comer menos cantidad y más saludable, más desasosiego siento. Soy consciente de que parar esta zozobra, aguantar y actuar con madurez es una cuestión de actitud, un grado de predisposición del que, deduzco, no dispongo en este momento.

 

Me consuela saber que no estoy sola en esto, porque últimamente mis amigas y yo reconducimos todas las conversaciones a lo que hemos incorporado, eliminado o incluiríamos en nuestra alimentación.

 

Ayer sin ir más lejos, durante un almuerzo, mi amiga Lucía contaba que ha dejado el pan definitivamente porque se ha dado cuenta de que es la fuente de todos sus males, para a continuación recomendarnos el de centeno con cereales, en concreto, una barra tan grande que le dura 2 días.

 

Mi cuñada Sara, que estaba allí, impávida ante la segunda afirmación, me contó con angustia como notaba que desde, con la intención de ahorrar, tomaba un polvorón todas las tardes para terminar los que sobraron en Navidad, había notado un aumento de peso. Aún me pregunto cuántos kilos compró esta familia para estar en mayo y seguir.

 

Lucía volvió al centeno y explicó que con margarina y mermelada ese tipo de pan resulta imbatible, afirmó que si le faltan 3 tostadas por la mañana no es persona, y que con independencia del tipo de régimen que lleve a cabo siempre pide permiso al médico para incorporarlas. Sara replicó que puestos, ella prefería mantequilla.

 

Mientras comíamos unos raviolis de ricotta, Sara preguntó que cenamos habitualmente, un tema que al parecer la tiene en vilo. Yo comenté que una buena opción era tomar un huevo pasado por agua y una latita de sardinitas por aquello del omega 3.

 

En ese momento, la cara de las dos se transformó en un híbrido reflejo de repugnancia, desprecio e indiferencia, y comenzaron a enumerar cenas ideales a base de “panecillos tostados“. Una propuso con tortilla, la otra dijo que para alegrarla había que añadir queso o jamón serrano, a lo que la primera lo mejoró con atún, para terminar quitándose la palabra con la idea de que un revuelto de gambas sobre el pan era la mejor opción para una buen dieta. Terminaron la discusión recordando una solución: el régimen por puntos. Era algo así: un lenguado equivale a un punto, una patata 5 y una copa de vino 10. El quid consiste en no sobrepasar los 30 al día. El problema surge si queremos tomar una copa porque la contabilidad impide probar bocado el resto de la jornada.

 

Cuando llegamos a los lácteos comprendí el lío en que estamos metidas: Sara los ha dejado de forma radical porque ha descubierto una “leche de cabra ecológica”, que sólo venden en unos grandes almacenes.

 

Para rematar, Lucía nos contó pletórica que ese día había caminado ya casi una hora: 20 minutos de su casa a la oficina, 10 al restaurante y los otros 10 que haría de vuelta a la ofi, sumaban 40…, no se explica como no adelgaza con tanta dedicación.

 

Parece que los 50 son los nuevos 40, y los 40 los nuevos 30,  pero para conseguirlo hay que estar al día. Sólo en lo que respecta a la alimentación he tenido que familiarizarme en un tiempo récord con conceptos como ecológico, biológico, biotecnológico, biocultura, macrobiótico, prebiótico, probiótico, transgénico, alergénico, ácidos grasos trans, vegano, lactosa o gluten. Creía que era sólo mi cabeza la que a veces se confunde, pero por lo que veo, no soy la única que en el “retorno a décadas pasadas” se ha liado.

 

Si ya estás pensando en la operación bikini, pasa, relájate y escucha I’m In Love With My Life de Phases

 

 

 

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