Vuelta de vacaciones

Quien me conoce de cerca, mis allegados, saben cómo han terminado las vacaciones, cómo ha sido mi vuelta. Por un error en la agencia de viajes, he acabado bajando de un flamante Mercedes con chófer, que me depositó en la estación de Málaga, para subir a un antiguo “autobús de apoyo” Semana Santa,  volviendo a Madrid de madrugada como casi polizonte en un asiento muy, muy trasero.

 

Al llegar a la estación del AVE, reparé en que nuestros billetes habían sido emitidos para volver nada menos que en julio, y no nos dejaron subir al tren. No dábamos crédito. Uno de esos momentos en que te puede dar algo. Operación retorno de Semana Santa, no aviones, no trenes, absolutely nothing.

 

Bruno no se definió en un principio. Fue uno de esos silencios insostenibles. Yo era la única responsable. La posibilidad más racional era volver a Marbella previo nuevo pago del importe en el flamante Mercedes; pero el gélido silencio que desde hacía unos minutos invadía nuestra existencia habría envuelto todo durante los dos días que necesitaríamos estar allí hasta conseguir nuevos billetes pasada la marabunta. Una situación que a ciencia cierta mi marido hubiese sabido hacer insoportable. Había que llegar como fuera a Madrid, pero nadie nos llevaba.

 

De repente, una idea. ¡Un autobús! He visto que últimamente los hay atómicos, majestuosos, regios, como naves espaciales. Cruzamos a la estación de autobuses, territorio desconocido.

 

Sé reconocer cuando uno esta fuera de contexto. Ibamos preparados pare el AVE, punto de encuentro obligado en cualquier fecha vacacional. Es imposible no toparse con algún conocido en la estación o vagón. Centro neurálgico de la vida social al que todos acudimos predispuestos. Pero el autobús y el coche son diferentes, son para gente preparada, práctica, gente que sabe que la travesía puede ser intermitente y durar hasta 12 horas, frente a la bagatela de 2 horas y media de ferrocarril.

 

Hasta lo más mono puede resultar ridículo fuera de contexto. Es lo que yo llamo fuerza de la realidad. Esa fuerza que hace feo e irrisorio un determinado complemento, pañuelo al viento, equipaje de firma o unas niñas vestidas de Zadig & Voltaire.

 

Conseguimos unos billetes para la una de la madrugada, eran las 5 de la tarde. Pasados veinte minutos, por no aguantarnos más, nos dejaron subir a autobús auxiliar, modelo años 70 con faros saltones y combinación de colores desgastada y anodina, blanco, azul y rojo. Todavía queda gente buena, probablemente yo hubiese castigado más a una petarda llorosa que dice haber perdido el tren y alega el cansancio de sus hijas para que les dejen viajar.

 

En ese momento, creo que Bruno y yo vimos hasta bonito el vehículo y no lo dudamos, los cuatro saltamos como guepardos al interior. Nos habían asignado la fila última y sin ventanillas, techo bajo y tapicería ruinosa.  Allí Bruno, una vez instalado en el asiento central con sus piernas estiradas todo lo largo que era el pasillo, pasó mucho tiempo callado con los brazos cruzados y la mirada pérdida.

 

Ya por Despeñaperros y mientras caían chuzos de punta, entre relámpagos, emitió tres frases. La primera fue “Escribes muy bien pero eres muy tonta”. A los 20 minutos manifestó algo como: “Esta vez te han dejado las mechas naranjas en la peluquería”. Para concluir unos 15 minutos más tarde con con la manida frase: “Creo que al final nos acabaremos separando”.

 

Algo raros debíamos parecer sentados al fondo, plantados los 4 en fila.  Nosotras, chales, melenas sueltas, accesorios inútiles, bolsas aparatosas, todo muy poco práctico. La gente se volvía para mirarnos, en especial cuando Bruno sacó, aun no sé de dónde, un frasco enorme de Agua de Colonia Neroli Portofino de Tom Ford y roció su cuerpo y atuendo con la fragancia.

 

A medio camino bajamos a una nave de avituallamiento. Bruno compró Cheetos, patatas fritas, tortilla de idem con pimientos, Mentos, Donuts, regaliz rojo y negro, gominolas ácidas, Chupa Chups, M & M’S y Pepsi light. Entonces, al reanudar la marcha, oí como decía muy bajito: “Esto es vida”.  Y el viaje comenzó a ser más llevadero. Parece que una bolsa de patatas fritas ha salvado nuestro matrimonio. Llegamos a la una de la madrugada.

 

Imagen | Maria Luisa Sorando

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2 Comments
  • almudena
    abril 18, 2017

    Jajajajaja!! Gracias por alegrarme la rentrée!!

  • Anónimo
    abril 18, 2017

    Las cosas del diario vivir con sus altibajos son estupendas , nos suben , nos bajan , nos alegran, nos ofuscan, es un buen ejercio mental y fisico, como que prueban nuestra pacencia, yy al final disfrutamos y nunca lo olvidaremos, queda sellado, buen final de vacaciones, algo diferente ei inaudito

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