Cada uno tiene su batalla

Aunque las guerras son continuas, durante prácticamente toda mi vida he luchado por alcanzar tres fines:

 

  1. Que Bruno siga alguno de mis consejos
  2.  Ser una persona tranquila
  3.  Ser deportista

 

  • En cuanto a lo primero, he desistido. Comprendo que el desgaste sufrido en esta empresa no ha reportado el mínimo logro hasta la fecha, por lo que me he propuesto no prevenir más sobre lo previsible. Cuando Bruno se estrella reacciona con el asombro y cara de póker propia de quien no fue advertido, señal inequívoca de la inutilidad de mi tarea.
  •  Sobre mis nervios, la edad y mi psicóloga me han templado.
  •  En lo referente al punto  tercero, continúo. Si, reconozco (y no es la primera vez que lo escribo aquí) que me encantaría ser fibra y hueso , flexible y atlética. Hacer abdominales en una cinta que colgara desde el techo, igual que un mono, sin despeinarme la melena, sin jadear, sin notar el mínimo esfuerzo, pero en mi caso, una vida no basta. Con esta confesión, admito que parte de mi furia hacia esta asignatura puede deberse a mi impotencia para resolverla.

 

No es que repita este post, supongo que os sonará. Simplemente es un nuevo intento: una clase en grupo. Mañana, 10.30, emplazada para comenzar la primera hora de fitness (me han dicho que se llama así)  de mi vida, en un gimnasio femenino.  Un centro, al que me he apuntado, y al que la mayoría vamos hechas unos adefesios. Un espacio en el que cualquier hombre que pasara por accidente, vería hecha realidad la peor de sus pesadillas.

 

Allí se desatan michelines, el maquillaje brilla por su ausencia, las lorzas y la tripa campan libres, y los conjuntos o sporty outfits son más que dudosos, porque aprovechamos lo que ni en casa nos ponemos para demostrar, no sé aún si alardes de creatividad o una desvergüenza absoluta. 

 

Liberadas de miradas masculinas, damos rienda suelta a nuestra imaginación. El cabello se recoge en “coletucas” de esas que creemos estilosas cuando en realidad son un espanto, castigamos nuestro cuerpo sin vergüenza, y mostramos rostros compungidos por el dolor y el esfuerzo sin tener que fingir que se nos da genial, sin vernos obligadas a aparentar que la actividad es sólo un hobby más y que pasamos por allí simplemente porque somos cool.  Allí no hay hombres, es un paraíso de libertad y una locura para el sentido de la estética. Es la realidad.

 

Para que negarlo, las mujeres, liberadas del yugo de la censura, podemos caer en un abismo de desidia y enajenación en la creencia de que aún mantenemos un estilazo bárbaro. El problema es que la falta de vergüenza va “in crescendo”, porque cuando una ve que otra se ha puesto un calcetín rojo y se ha dado por válido sin despertar las alarmas, se siente con licencia para ir mas allá, y creyendo que no se va a notar, es capaz de bajar con los pololos de su abuela para aprovecharlos.

 

El centro, la idea en sí, es una auténtica bendición, sólo nosotras, sabiendo cuales son nuestros puntos débiles, sin tener que esconderlos. Allí no va ninguna top, no les interesan estas competidoras porque ellas son del bando del gimnasio mixto. Nosotras no competimos, sobrevivimos y sólo pedimos a nuestra monitora tonificar el brazo, el glúteo y el abdomen. Pertenezco a este estrato, y aunque  esta semana estoy cansada porque ya he hecho mis pinitos, 10 minutitos de cinta y bicicleta, no voy a faltar a mi clase. Os contaré mi experiencia.

 

Como hoy os he hablado de monos, y aunque no me gustan nada, os dejo con una canción que me da muy buena energía. No comprendo el video, pero casi nunca comprendo los videos de Coldplay. Disfrutad de una canción preciosa y energética (podéis seguir la tabla de baile de los protagonistas, nadie os ve), Adventure of a lifetime.

 

 

 

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