Sólo quiero una bici como las de antes

Siento no escribir todo lo que debiera, pero es que estoy muy ocupada intentando hacer deporte. He llegado a ese punto en el que todas las que no hemos practicado nunca, nos ponemos a ello porque dicen que en un tiempo empezaremos a engordar sin tino y sin comer. Así que me he convertido en una de esas mujeres que intenta darlo todo con movimientos lentos, cara de desconcierto y gesto exhausto.

 

Al servicio de esta finalidad, me he apuntado de nuevo a yoga, para acabar comprobando lo difícil que es recuperar aquella flexibilidad que con 12 años me permitía hacer el “clavo” o el “puente”, que no el “pino puente”, porque nunca he sido mujer de riesgo.  Además tengo en mente acudir a un gimnasio, de esos económicos para no excederme en el presupuesto y complementar la actividad.

 

Mi amiga Sara también lleva 2 años con la intención.  El invierno pasado la acompañé a un outlet de Nike y compró 2 pares de zapatilla para iniciarse. Este año, ha comprado 6 pares porque dice que el comienzo es inminente. Se ha especializado en los modelos de la marca y  todos los vendedores de la tienda la conocen. La semana pasada, mientras volvíamos desde allí en el coche, me dijo que el modelo Pegasus es bueno, pero que  la Vomero te hace volar. Entonces hablé claro, y le dije que nosotras nunca vamos a volar ni a correr; como mucho, a pasear ligeras mientras miramos escaparates y cometamos lo caro que está todo. Me miró, y no me contestó.

 

Ayer, en otro intento,  y acompañada por mi hijo Carlos, alquilé una bicicleta con la intención de ejercitar pierna durante una hora. Comencé mal  cuando por mi falta de previsión intenté encaramarme a la bici embutida en un botín que me inmovilizaba el tobillo, y no me estampé de bruces de milagro. Supe apreciar mi suerte,  porque la caída hubiese sido realmente aparatosa,  de las que deja secuelas.  Ví como unas niñas contenían la risa, una de esas apreciaciones que, dadas las circunstancias, me debilitó enormemente. Aun así perseveré; con tan mala suerte que mientras bajaba la cuesta de El Retiro,  cuando la brisa acariciaba mi rostro  y por un instante rocé  la felicidad, sonó un golpe extraño bajo mis piernas.

 

A partir de ese momento, los pedales dejaron de responder para ser consciente, en apenas segundos, de que la cadena se había soltado. Carlos, paciencia infinita, me preguntó desde su bici, qué me pasaba porque parecía que caminaba sobre el agua. Tres un esfuerzo ímprobo por avanzar en cualquier dirección, tuve que bajar y atravesar El Retiro, bicicleta en mano, para devolverla.  Al parecer el problema se debió a las marchas. ¿Por qué todo se ha complicado tanto? Yo solo quiero una bici con la que poder pedalear, como las de antes.  No dejo de pensar cuán gratificante debe ser el mundo del deporte para los que no encuentran trabas.

 

Os dejo con Sax, de Fleur East, una canción de esas que no gusta demasiado a la primera, para en poco tiempo volverse imprescindible. ¿Mi aspiración en estos momentos? Moverme así, saltitos y movimiento pélvico incluido. Prometo subir un video a Instagram en cuanto lo consiga, como réplica al de mi amigo L.G.  Os aconsejo pantalla grande para una canción con aire ochentero.

 

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