Restos de una batalla perdida

Podría contar que mis vacaciones han sido estupendas, porque la misión de toda blogger de éxito es crear un mundo maravilloso,  ilusión y fantasía,  que muchos deseen  y crean poder fabricar con un poquito de optimismo y alegría.  Sin embargo, voy a contar la verdad.

 

Días antes de las fiestas, y como Bruno y yo solemos hacer la compra por teléfono, decidí dar un giro a mi actitud, y mostrar a mis hijos lo que simboliza la Navidad. Valor, fuerza, planificación, y hacer una magnifica compra sobre el terreno,  en la que elegir con alegría lo que más tarde disfrutaríamos en familia.

 

Con este propósito me encaminé, gallarda y enérgica, a una gran superficie,  y para dar ejemplo de espíritu, llené el carro hasta arriba. Al llegar a la caja quise, en un alarde de resolución y magnificencia depositar en la caja registradora un bloque con 12 litros de refrescos, y fue en ese instante cuando me atizó un pinzamiento indescriptible en la espalda.

 

Mantuve el tipo como pude mientras duró la vuelta a casa, aunque ya intuía que me había quedado hecha un cuatro. Al llegar, y para ahorrarme los 60 euros del fisioterapeuta, pedí a mi hijo que me diese un masaje enérgico, y fue ahí donde rematé las vacaciones. Bruno que entonces campaba por Irlanda, no podía creer en la estampa cuando llegó, al día siguiente.

 

Después de una singular Nochebuena, en la que además era anfitriona, Bruno  y los niños me trasladaron como pudieron al AVE y me metieron en un vagón hacia la playa. Ha sido necesaria una caja de antiinflamatorios, para lograr lo que se convirtió en mi único afán, llegar al nuevo año derecha.

 

Superado este inconveniente, llevo 4 días leyendo y oyendo hablar sobre propósitos para el nuevo año.  La mayoría sencillos, otros de mayor envergadura y algunos descomunales. Hacer régimen, ir al gimnasio, ser mejor amigo de los amigos, encontrar un trabajo, amar incondicionalmente e incluso ser mejor persona, son algunos de los más ansiados.

 

Analizo, y me doy cuenta de que en la mayoría de los casos, las derrotas y frustraciones nacen de pensamientos obtusos, de falta de claridad, de “amontonarnos” de mala manera, de la precipitación.

 

¿Por qué nosotros mismos nos marcamos objetivos encaminados a hacernos sentir el fracaso en apenas unas horas?  ¿A  quién se le ocurre marcarse como finalidad comenzar un régimen a las puertas del  roscón?

 

Yo,  fruto de la madurez, no me he propuesto nada.  No quiero tomar el roscón con pesadumbre.  Claro que me me encantaría ser pura fibra, piel y músculo, pero reconozco que para eso, la única fecha que hay, es la del día en que esté decidida a serlo, y eso no lo marca el calendario.

 

La foto es de  los restos de una batalla que, por ahora, prefiero perdida: la tarta de chocolate que he tomado esta mañana. La canción, que me encanta y ya vuelvo a bailar sin dolor,  Talk about you de Mika.

 

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