Ascensores, cafés y rescates

Debe ser eso que llaman la Ley de Murphy, porque en cuanto tiro un papel que ha rodado por mis bolsos durante años, surge la necesidad de la dirección o teléfono que contenía. De la misma manera, cuando destierro una actitud o pensamiento negativo, su realidad aparece en mi existencia. Uno de los motivos por lo que no soy muy amiga del pensamiento positivo.

 

Hace unos días, mientras recordaba el desgaste tonto que había sufrido al lo largo de mi infancia y juventud con mi terror a quedarme encerrada en un ascensor, me dije: “Total para nada, no me he quedado nunca”. Pues dicho y hecho, anteayer me encaminaba con mis hijos hacía Starbucks, cuando tras pulsar el botón de la planta baja de mi casa, el ascensor se disparó como un cohete hacia arriba para quedar los tres encerrados entre el tercer y cuarto piso. Domingo.

 

No hay palabras para describir el tembleque que prosiguió a la constatación del hecho. Pero ahí estaba Camila, para recordarme que a pánico e histeria, ella la primera. Ser madre te obliga revestirte de un falso coraje que hace dejar a un lado tus miedos más ancestrales en las situaciones más caóticas que se pueden presentar. Total, que me sobrepuse como pude, dando palabras de aliento y esperanza a una situación que en mi fuero interno era crítica.

 

Tras recomponerme, pulsé un botón “llamada de socorro”, y como venida del cielo, oímos la voz de una solícita señorita, que para nuestro asombro no provenía de grabaciones ni computadoras. Por increíble que parezca, era real, humana,  y me consoló con la promesa de un salvador. Pero tras esa ofrenda de esperanza, lo segundos se convertían en minutos, y los minutos en horas. Así que pulsé el timbre cuatro veces más echando la culpa de mi insistencia al estado convulso de la niña, que en honor a la verdad, solo mascullaba unos débiles: “Vamos a morir”, “Este es mi ultimo día”.

 

Entonces, la señorita, tras titubear, confesó que debido a la celebración del día de la bicicleta,  y por ser nuestra zona corazón de semejante entuerto, la llegada del sujeto se iba a prolongar. Fue entonces cuando desaté mi histeria interior, pensando en un incendio en la finca, la caída a plomo del cubículo o una asfixia inminente. Pero me sujeté.

 

Carlos, el mayor,  que se había sentado desde el principio en el suelo, tomó su habitual postura, la serenidad extrema, y nos alentó diciendo que se trataba de una situación no sólo absolutamente cotidiana, sino positiva por sus consecuencias constructivas para el futuro de los tres. Siempre me pregunto de que pasta está hecho, pero agradezco que no sea de la nuestra.

 

Bruno, al que había avisado por el móvil se encontraba fuera dando un ánimo lúgubre,  pensando, seguramente, que todo el sentido de su vida se desvanecía en un triste metro cuadrado. Aunque también estoy segura de que en su interior albergaba la enorme satisfacción de que este tipo de sucesos me pasen siempre a mí y no a él.

 

Pasados 45 minutos eternos, nos llamó el enviado, diciendo que no podía aparcar. Esos últimos minutos en los que empiezas a perder los nervios y todo el aguante y aplomo anterior pierde el mérito alcanzado. Cuando subió y abrió, mi primera reacción fue la de tirarme en plancha a sus brazos, pero dando un nuevo ejemplo de gallardía, cedí el paso a los niños, que saltaron sin mirar atrás.

 

Camila aún sigue prendada del aspecto y valentía de nuestro salvador, pero ya se sabe que después de estas cosas, el aire parece más puro, las calles, incluso las de Madrid, más limpias, y mi Pumpkin Spice Latte más rico. Por todo ello, puede que mereciese la pena.

 

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